Mi testimonio sobre la Sanación Reconectiva 1


 

En 2013 asistí a los seminarios de Eric Pearl en Barcelona como voluntaria. Había realizado yo misma la formación un año antes y practicado la Sanación Reconectiva  y Reconexión a varias personas, con muy buenos resultados.

El día que llegué todo fue muy bien, pero el segundo, después de comenzar los trabajos asignados comenzó a dolerme la cabeza. No le hice demasiado caso, sabiendo que a veces afectan los cambios de presión y también las diferencias de calor-frío entre el exterior a más de 30º y el interior con aire acondicionado.

Al cabo de un rato, viendo que no se me pasaba, pedí una pastilla y me dieron una de homeopatía. No las había probado, pero la persona que me la dio dijo que funcionaban muy bien. Después de una media hora, tiempo en el que me suelen hacer efecto los analgésicos, no sólo no se había pasado, sino que había aumentado.

Además, a ratos hacía de traductora entre los coordinadores, que hablaban en inglés, y los voluntarios que no conocían este idioma y eso agravaba aún más el dolor, así que pedí una pastilla “tradicional” que, aunque fuera sólo por el efecto placebo ya sería una gran ayuda.

Pasado otro rato más, las pastillas seguían sin hacer efecto. Es más, empezaba a tener náuseas. Aquello tenía pinta de una fuerte migraña.

Salí fuera a tumbarme en el césped y descansar un rato, pero no mejoró. Finalmente volví y me quedé sentada en una zona fuera de la vista del público mientras comenzaba la conferencia.

Fue uno de los dolores de cabeza más intensos que he tenido nunca. Cada pensamiento me dolía. Había tratado de averiguar qué podía causarlo, sabiendo que el cuerpo es mensajero de conflictos internos, pero no conseguí encontrar la respuesta. En ese momento, ya no distinguía los límites entre mi cabeza y el exterior. Todo era un latido continuo y punzante.

Entonces se acercó la persona que me había dado la primera pastilla y me preguntó si quería que lo intentase con la Sanación Reconectiva. Ya se había ofrecido antes, pero con el jaleo de los preparativos y como ya había tomado las pastillas le había dicho que no hacia falta. Pero a esas alturas ya no distinguía apenas lo que ocurría a mi alrededor, así que acepté. No sé cuánto tiempo estuvo allí; sólo sé que fue un buen rato. Es como si algo dentro de mí no quisiera ceder a la sanación, pero, aunque no tenía idea de qué podía ser, en el momento en que me di cuenta de ello fue cuando decidí “soltar”. La sensación fue maravillosa. Cada vez que ella movía sus manos, me recorría una corriente de energía que iba aliviando tanto las náuseas como el dolor de cabeza.

Las corrientes siguieron durante todo aquel rato. Cuando, finalmente, el dolor disminuyó lo suficiente como para poder alzar la vista, decidí abrir los ojos para decirle que ya estaba mejor y que se fuera a disfrutar de la conferencia y comprobé, con gran sorpresa, que ella ya no estaba allí. No fui consciente en absoluto de cuándo se había marchado. Sólo notaba la energía dentro de mí moviendo los bloqueos y aliviando el dolor. Y siguió allí hasta que éste desapareció por completo.

Probablemente, una vez disminuyeron las náuseas y la intensidad más fuerte, las pastillas pudieron hacer efecto también y ya no volvió a dolerme en toda la tarde. Es más, aunque aquella noche no dormí todas las horas que son habituales en mí, al día siguiente estaba, no sólo descansada, sino llena de energía.

No llegué a ser consciente del origen de aquel dolor, pero no es importante. Fue un regalo. Pude sentir en mí misma aquello con lo que ayudo a los demás y que no había tenido ocasión de experimentar en primera persona salvo estando “bien”.

Después de aquello, toda la semana estuvo llena de magia y recibí más regalos de distintos tipos. Fui como voluntaria, con el único objetivo de apoyar y ayudar a quienes iban a aprender a apoyar y ayudar a otras personas y el Universo me devolvió una de las mejores semanas de los últimos tiempos.

Gracias, desde el corazón.


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